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Inquieto en tecnología y pensamiento. Ingeniero no es un título, es una actitud.

Tomares, Sevilla
Joined May 2011
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❌ LE AVISARON, por escrito, en cuatro ocasiones. 🚫 Le dijeron, cuatro veces, POR ESCRITO, que esto podía pasar. ⛔️ CUATRO VECES, por escrito. Cuatro. theobjective.com/economia/tr…
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Cuando entras al trapo e interactúas con un tweet con el que no estás de acuerdo, estás ayudando a que aumente su visibilidad. Si no estás de acuerdo, ignoralo o usa una captura del tweet para comentar.
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Estas elecciones votaré, después de doce años. No porque tenga la menor ilusión en la clase política, ni porque crea que mi voto significa algo, sino porque tengo que trascender a mis preferencias personales para ser uno más de los que limpien la cubierta.
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- Veo que está usted todavía en shock... - No. Lo que estoy es hasta los huevos de la mierda de gobierno que tenemos.
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Replying to @Favzsn
"Moon pretty" "Stare at fire" "Rain smell good" You can't fight the grug brain inside us all.
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El IRPF tiene los mismos tramos desde 2015. 12.450 €, 20.200 €, 35.200 €, 60.000 €. Ni un euro más. Desde entonces, los precios en España han subido un 33,5 %. Solo para quedarse igual, el tramo de 35.200 € debería empezar hoy en 46.990 €. Hoy, 40.000 € compran lo que 30.000 € en 2015. Pero Hacienda los grava como un sueldo de los altos.
La inflación sigue en el 4,9% en octubre, según el dato adelantado que el INE publicó esta mañana. Es el tercer mes seguido por encima del 4%. A casi todos nos sale caro. A Hacienda, no. En abril el Gobierno mandó a Bruselas su informe de progreso del plan fiscal. Para cumplir el compromiso de recaudar un 0,1% del PIB más hasta finales de 2028, no propone ningún impuesto nuevo. Propone no actualizar el IRPF con la inflación. Lo escribe así, «no deflactación de las bases tributarias», y presume de que en 2025 eso ya le dio 2.294 millones de euros. ¿Cómo funciona? A un trabajador le suben el sueldo lo mismo que suben los precios. No puede comprar ni un café más. Pero el IRPF ve una nómina más alta, le aplica unos tramos que no se mueven y le cobra más. Hasta agosto Hacienda ingresó casi 110.000 millones por IRPF, un 11,7% más que un año antes, con una economía que crece un 2,7% en términos reales. La ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, pide que la subida del salario mínimo de 2027 proteja el poder adquisitivo. Me parece bien. Pero es el mismo Gobierno que se ha comprometido con Bruselas a quedarse con una parte de ese poder adquisitivo a través de la inflación. Para un Gobierno que gasta mucho, la inflación es el impuesto más cómodo. Cuanto más suben los precios, más recauda, y encima la culpa es del gas. Ajustar los tramos al IPC cada año no es regalarle nada a nadie. Es impedir que Hacienda gane con la inflación lo que pierden las familias.
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Espero que aprendamos que la función de un gobierno es gestionar. No frenar a la ultraderecha, ni revisar una guerra civil o criminalizar a la mitad de la población. Gestionar, hacer presupuestos, que todo funcione y que haya trabajo.
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Si queréis hablar del estado de las infraestructuras, veréis cuando nos toque volver a abrir el melón de red eléctrica. Porque lo que se viene a corto y medio plazo es tremendo. Intento resumirlo en pocos posts:
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Entre todas las imágenes y los testimonios desgarradores que hemos vuelto a ver con este accidente, lo que ayer me atravesó el cuerpo fue una metáfora que leí por aquí: la España próspera en la que nos hicimos adultos es una estrella que ya se apagó, pero cuya luz todavía nos alcanza. Seguimos andando a la luz de algo que ya no existe. Y esa sensación de avanzar por inercia se agudiza cada vez que cojo el coche y me pregunto cuándo van a arreglar los baches que han dejado estos años de lluvia, cuándo van a retirar las cañas que atascan los arroyos y los desbordan, cuándo van a limpiar unos montes que están a un verano de arder por completo. Cien días estuvimos sin trenes a Madrid porque se vino abajo un talud en Málaga. Nos reprochan que saturamos las urgencias, pero conseguir cita con el médico de cabecera lleva, de media, más de una semana. El deterioro no es una impresión: se toca con las manos, y está en todas partes. Por eso hoy me cuesta empatizar con un ministro cuyo primer gesto es culpar a un operario y filtrar los audios. También con el discurso simplista de que el deterioro lo trajo la liberalización de la red, cuando lo que se está deteriorando es el país entero. Llevo en Twitter más tiempo que los bots, así que de sectario poco: soy uno más de los que están cansados de una gestión pública partidista, se apellide el gestor Mazón o se apellide Puente. Hace tiempo que la estrella se apagó y lo que nos queda es la luz; y la luz, si no hacemos algo entre todos, también se acaba.
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Entiendo que lo de Ceuta ya se queda como lo de la Palma, el apagón o Adamuz: sepultado mediáticamente por un nuevo crimen del Gobierno.
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Un mes, un día y 2 horas de pensiones
Seopan, la patronal de grandes constructoras y concesionarias de autopistas, calcula que habría que destinar en los próximos 10 años 20.280 millones de euros a la conservación y el mantenimiento de las infraestructuras ferroviarias. efe.com/economia/2026-10-29/…
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El Ave era mucho más que un tren: el símbolo de una España triunfal que se levantaba para ponerse a la altura de los grandes. El apogeo del 92, la Expo y Barcelona. Este país no ha vivido un momento mejor. Ahora somos la ceniza de aquello. Y con recaudación récord de impuestos.
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Movistar and Orange turned to SpaceX's Starlink satellites to keep phones connected at the site of Wednesday's deadly high-speed train crash near Urda, Toledo, Spain 🇪🇸 According to an ADSLZone exclusive, both carriers switched on Starlink-based coverage around the crash, where a Renfe AVE and an Iryo train collided on the Madrid to Seville high-speed line. Orange separately confirmed it moved mobile units into the area and reinforced its network to support emergency crews.
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Ocho años de recaudación tributaria record, regada además con decenas de miles de millones de fondos europeos para transformar estructuralmente el país, y aun los hay que nos pretenden convencer de que el mal estado del sistema ferroviario es un problema heredado.
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HA VUELTO @Jongonzlz
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Tras la rueda de prensa del Ministro, la cuestión no será quién se equivocó esta mañana. Hoy toca el respeto y el silencio por las familias. Pero mañana tocará preguntar. Veamos primero LOS HECHOS 1. El sistema de señalización de la línea estaba averiado. Al caer, entró un modo degradado que obliga a circular a marcha a la vista. Según las primeras informaciones, hasta ocho trenes quedaron detenidos en la zona. 2. Un maquinista se encontró una señal en rojo, pidió autorización al centro de control de Atocha para rebasarla, y delante había un tren parado. 3. El Gobierno apunta a error humano de un técnico de Adif. Puede que lo sea. Pero el error humano es el final de la cadena, no el principio. 4. El sistema que falló es el LZB, instalado en 1992, cuando se inauguró el AVE para la Expo. Madrid-Sevilla era la única línea de alta velocidad española que seguía con esa tecnología. Todas las demás ya operan con el estándar europeo ERTMS. 5. Su sustitución se licitó en 2020. La licitación tuvo que repetirse. Se adjudicó en septiembre de 2021, con 52 meses de plazo. En abril de 2025 el Ministerio fijaba el objetivo: la línea cumpliría su 34 aniversario completamente renovada y con ERTMS 2. Es decir, debía estar terminada este año. 6. No lo estaba. En el momento del choque, el ERTMS todavía no era el sistema operativo principal de la línea. Y mientras tanto se siguió explotando a pleno rendimiento, con demanda récord y tres operadores compartiendo una infraestructura concebida para uno. 7. Hay 700 millones invertidos en la renovación integral de esa línea, según el propio Ministerio. Sirvieron para renovar vía, traviesas, desvíos, subestaciones. No sirvieron para completar la señalización. 8. Y aquí está el problema de fondo. España construyó la red de alta velocidad más extensa de Europa mientras su primera línea seguía protegida por un sistema de 1992. La inauguración rinde en titulares. El mantenimiento no se inaugura. 9. Hace nueve meses, 46 fallecidos en Adamuz. La misma línea. La investigación sigue abierta. Dos catástrofes ferroviarias en el mismo corredor en nueve meses, en el país que presumía de tener el mejor tren de Europa. Y ahora LAS PREGUNTAS: A. ¿Quién autorizó los sucesivos retrasos del ERTMS y con qué informe de riesgo? B. ¿Qué análisis se hizo sobre explotar la línea en modo degradado durante las obras? C. ¿Por qué un protocolo permite sustituir una protección automática por una autorización verbal sin una barrera de respaldo? D. ¿Qué recomendó la comisión de investigación tras Adamuz, y qué se aplicó? E. Las recomendaciones de seguridad las emite el investigador, pero quien decide aplicarlas es el investigado. ¿Quién verifica que se cumplen, y qué ocurre si no se cumplen? Hoy no toca responderlas. Toca acompañar a quien llora. Pero que nadie nos convenza de que esto fue mala suerte, ni de que se resuelve señalando a un operador en una sala de control de Atocha. Los accidentes no empiezan el día que ocurren. Empiezan años antes, en un expediente que se aplaza, en una licitación que se repite, en una prioridad presupuestaria que se cambia. En unos presupuestos que no se presentan ni se aprueban. Hoy hemos visto el final de esa cadena. Falta saber dónde empezó. Conviene ir anotando las preguntas. Dentro de dos semanas muchos querrán que no se hagan.
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Los que ven cómo el Gobierno aprueba préstamos para pagar las pensiones porque no hay un duro, al mismo tiempo que le aplauden por decir que son sostenibles, ¿cómo lo harán para no cagarse encima?
🔴 El Gobierno aprueba un préstamo de 10.000 millones de euros para pagar las pensiones y la extra antes de Navidad. ➡️ Se trata de un acuerdo por el que se autoriza la concesión de un préstamo del Estado a la Tesorería General de la Seguridad Social larazon.es/economia/gobierno…
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Ojalá todas las putas empresas hicieran esto: "Mientras la industria repetía los mismos errores de siempre, el caso paradigmático de alguien que no surfeó las olas, sino que voló sobre ellas, fue Pedro Serrahima, de quien ya hemos hablado. Hace unos años, escribí un libro, La píldora Serrahima, sobre cómo fundó Pepephone y O2, generando las condiciones de contexto para mejorar la atención al cliente que hoy reciben todos los clientes de telecos en este país. Pero no sabía que lo mejor estaba aún por llegar. Tanto Recuenco como yo mismo creímos que Pedro fracasaría en Telefónica. Se lo iba a comer el entorno corporate después de años de trabajar con mucha libertad. No fue así. Simplemente ajustó el juego y volvió a ganar. Después de lanzar O2 y ser nombrado responsable de Experiencia de Cliente, empezó a meter nuevas ideas en la compañía. Algunas parecían obvias, pero dentro de una compañía grande, el elefante que José María Álvarez-Pallete había prometido mover parecía casi temerario. Por ejemplo, devolver dinero por debajo de una determinada cantidad sin verificarlo todo hasta el último céntimo, teniendo en cuenta únicamente la facturación del cliente y su historial con la compañía. Crees más a un amigo de hace muchos años que a un recién llegado. Cada vez que planteaba algo así, la reacción era la misma: «Nos van a engañar. Va a llamar todo el mundo. Esto va a ser una ruina». Y Serrahima pensaba, en respuesta: «¡Qué concepto más ridículo tenemos de los clientes! ¡Como si todo el mundo estuviese esperando a que le diéramos una rendija para robarnos!». Así que lo probaban. Hacían un piloto. Y funcionaba. Metieron ocho o diez medidas de ese tipo. Todas funcionaron. Ninguna se echó atrás. Llegó entonces un momento en que Serrahima le planteó a la compañía algo distinto: «Mirad, todas las medidas que hemos puesto en marcha han dado resultado, pero vamos tan despacio que, si seguimos así, tardaremos doscientos años en cambiar la compañía. Cada medida se convierte en una pelea interna, cada pequeña decisión genera miedo, y así no se transforma nada». Ahí nació la idea de La Isla. La propuesta era coger uno de los contact centers que tenía Telefónica en España y tratarlo como si fuera una Movistar nueva. Eligieron A Coruña. Y como parte de la atención también se hacía desde Bucaramanga, en Colombia, cogieron allí también una parte proporcional del centro para no hacerse trampas al solitario y separaron a parte de los agentes de atención. En total, entraron en La Isla unos 230.000 clientes y buscaron otros 230.000 para el grupo de control. Mismo rango de edad, mismas provincias, mismos productos, mismo nivel de ingresos. Todo lo más parecido posible. A unos los atendería La Isla. A los otros los seguiría atendiendo el 1004 normal. El cliente no sabía nada. No se le decía que estaba en un experimento. Cuando llamaba, por el número de teléfono se le dirigía a los agentes de La Isla en A Coruña y la parte de Bucaramanga. Las ofertas seguían siendo las mismas. Lo único que cambiaba era la forma de atenderte. Y ahí metieron todos los cambios de sopetón. Quitaron la música de espera absurda. Cambiaron el saludo. Cambiaron la forma de atender las reclamaciones. Quitaron la presión de vender durante la llamada. Quitaron las comisiones de venta. Quitaron la medición obsesiva del tiempo de llamada. Eliminaron la idea de que el agente tenía que colgar rápido. Y, sobre todo, implantaron una cosa que resultó clave. El «me quedo con tu gestión». Eso quería decir que el cliente dejaba de caer en un agujero negro en cada comunicación. Si llamaba por un problema, alguien se hacía cargo. Con nombre y apellido. Si se podía resolver en la llamada, se resolvía. Si no, el agente le decía cuándo le iba a volver a llamar. Y después le llamaba. Parece una tontería. No lo es. En un contact center tradicional, el agente casi nunca llama. Atiende, cuelga y pasa al siguiente. Si el cliente vuelve a llamar, le toca contar otra vez su vida a otra persona. La Isla cambió eso. Si un cliente pedía un cambio de titularidad, una modificación bancaria o tenía una reclamación, el agente ya no decía simplemente que estaría hecho al día siguiente. Le decía: «Esto debería estar mañana a las ocho, pero yo te llamo a las diez y lo comprobamos». Si el cliente prefería a las once, se ponía a las once la llamada. Se le bloqueaba la agenda al agente y al día siguiente ese mismo agente llamaba al cliente. No otro. El mismo. «Soy Pedro, me quedé ayer con tu gestión. Ya está resuelto». O bien: «Todavía no está listo porque ha pasado esto, pero lo estoy arreglando». Ese cambio costó. Obligaba al agente a hacerse dueño de lo que pasaba. Pero también le daba poder. De repente, no era alguien condenado a escuchar problemas sin poder resolverlos. La hipótesis estaba clara. Al principio, vendería menos. Era normal. Si dejas de vender forzando, si dejas de meter productos con calzador, si dejas de colocar cosas cuando el cliente llama enfadado porque no le funciona la fibra, vendes menos en la llamada. Pero también cancelas menos. Hay menos sorpresas en la instalación y menos sustos en la primera factura. Menos reclamaciones. Menos bajas. La pregunta era si la compañía ganaría más dinero tratando mejor al cliente que apretándole más. La medición era facilísima. Tenían 230.000 clientes en La Isla y 230.000 en el grupo de control. Si cada grupo facturaba, pongamos, unos treinta y cinco millones, bastaba con esperar. Al cabo de un año y medio solo habría que comprobar la facturación neta, la pérdida de clientes, las llamadas, las reclamaciones, las ventas limpias y los costes. Las matemáticas decidirían. Pero no hubo que esperar tanto. A los seis meses, La Isla ya daba más dinero. Había bajado muchísimo el churn, el indicador de pérdida de clientes. Bajó también el número de llamadas. Bajó el tiempo total dedicado a llamadas, aunque no pidiesen al agente que colgase rápido. Subía el número neto de clientes. Las ventas durante la llamada eran menores al principio, pero más limpias, y las cancelaciones caían. La satisfacción se disparó. Hacían falta menos agentes, menos tiempo, menos reclamaciones, menos reinstalaciones y menos correcciones posteriores. A partir de ahí, Emilio Gayo, el jefazo de Telefónica de España, pidió ampliar todo lo posible. Se analizó cuánto podía aguantar el sistema haciendo cosas todavía a mano mientras se desarrollaban las herramientas definitivas y se tomó una decisión importante. En lugar de meter clientes al azar, se metió a los de mayor facturación. Eso era apostar de verdad. Si el modelo fallaba, fallaba con los clientes más valiosos. Pasó lo contrario. Como esos clientes tenían más productos, llamaban más, eran más sensibles y tenían más motivos para frustrarse, el efecto fue todavía más rápido. En tres meses, el nuevo modelo ya ganaba más dinero. Y el cliente nunca supo que estaba en una isla. Solo notaba que le atendían de otra forma. Que no le ponían una musiquita mientras el agente hacía cosas en el ordenador. Que le llamaban por su nombre. Que alguien se quedaba con su problema. Que si se cortaba la llamada, no tenía que volver a empezar. Que no tenía que contar la misma historia dos veces. Ese detalle era fundamental. En el modelo anterior, si había que pasar a un técnico, el cliente volvía a explicar todo desde cero. En La Isla eliminaron ese efecto casi por completo. Y, cuando de verdad había que transferir, no se hacía una transferencia fría. El agente llamaba primero al compañero, le explicaba el problema y solo entonces pasaba al cliente. El cliente llegaba al segundo agente con la historia ya contada. Eso cambiaba completamente la percepción. El cliente sentía que estaba en un sitio en el que, como en Cheers, alguien sabe cómo se llama y qué problemas tiene. También se cambiaron los incentivos de los agentes. Esto fue esencial. En el contact center de A Coruña, que era de Atento, había mucha tensión, mucha sindicalización, muchas bajas, mucho hartazgo. Y les dijeron algo simple. «Hasta ahora tenéis una parte variable vinculada a ventas y objetivos. Esos objetivos desaparecen. Vais a ganar lo mismo, pero tenéis que cumplir al dedillo la operativa». La operativa era concreta. Saludar de una forma. Responder de una forma. Registrar bien el caso. No mentir. No ofrecer antes de resolver. Quedarse con la gestión. Llamar cuando se ha dicho que se va a llamar. Cerrar correctamente. Comprobar que el cliente considera resuelta su petición. Todo eso se medía. Analizaban todas las llamadas y la inteligencia artificial permitía revisar si el agente había saludado bien, si había ofrecido lo que tocaba, si había dicho algo incorrecto, si había dejado resuelto el caso, si había evitado poner música innecesaria, si había seguido la secuencia. Pero el objetivo no era vigilar por vigilar. Era cambiar el comportamiento real del sistema. Pasó algo muy interesante. El employee NPS de ese contact center, la métrica que habla de si los empleados recomiendan trabajar en la empresa, pasó a ser el mejor de la historia de Atento. Un centro que antes era problemático se convirtió en un sitio donde la gente estaba mucho más satisfecha. Porque ya no tenían que hacer cosas absurdas. Ya no tenían que vender fútbol a alguien que llamaba porque no le funcionaba la fibra. Ya no tenían que ofrecer una alarma a una persona que estaba desesperada por un problema con un servicio médico conectado. Ya no tenían que actuar contra el sentido común. Y luchar contra el sentido común genera mucho estrés. Obligar a una persona a hacer algo que sabe que está mal, durante ocho horas al día, destruye la experiencia del empleado. También hicieron algo que casi nunca se hace. Los jefazos de Telefónica, todo el equipo, fueron al call center. Les explicaron lo que buscaban y por qué. Les pidieron explicar qué partes les parecían incómodas, qué cosas no sonaban naturales, qué frases no funcionaban, qué protocolos eran absurdos. Y se lo dijeron. Algunas cosas las cambiaron. Otras, no. Pero hicieron el trabajo con ellos. Eso hizo que sintieran el cambio como algo suyo. El mismo enfoque lo llevaron a las instalaciones. Antes, el instalador cobraba por instalar. Y si la instalación salía mal y tenía que volver, volvía a cobrar. El incentivo era perverso. Cambiaron los contratos para que cobrasen en función de la instalación acabada y de lo que decía el cliente cuando terminaba. También los obligaron a explicar las cosas en cristiano. Si la caja de fuera del domicilio estaba mal, no podían irse sin decir nada o hablarle al cliente de «una CTO saturada», como si eso significara algo para ellos. Tenían que decirle: «La caja de fuera está mal, hay que arreglarla, esto va a pasar tal día». Además, se cambió el orden de prioridad. Antes, los instaladores podían ir escogiendo de la lista lo que más les convenía. Serrahima y su equipo empezaron a marcar en rojo los casos con clientes retrasados o con problemas. Esos iban primero. El sistema dejaba de organizarse por la comodidad del instalador y empezaba a hacerlo por el daño que se le estaba causando al cliente. Hubo ajustes que corregir. Al principio se pusieron algunos plazos que no eran realistas y hubo que alargarlos. Esa es la gracia de medir. No se trata de acertar todo el primer día. Se trata de ver qué ocurre, corregir y seguir trabajando. Lo más llamativo de todo esto es que casi nada era sofisticado en apariencia. Y, sin embargo, muy pocos lo hacen. Antes, una reclamación telefónica podía tardar veintiún días en resolverse. Con ese modelo, una parte importante se resuelve en tiempo real con automatismos y otra en menos de veinticuatro horas con inteligencia artificial. El compromiso con el cliente cambia por completo. Se pasa del «hemos abierto una incidencia» al «mañana antes de esta hora lo tienes resuelto». La Isla funcionó porque no partía del manual clásico de atención al cliente. Partía de una pregunta muy simple: «¿qué tendría que pasar para que, si un cliente llama con un problema, la compañía se comporte como lo haría una persona normal?»."
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acabo de ver a un guiri cogiendo una naranja de un árbol de la calle, no puedo interferir, lo deben descubrir solos
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Jesús de Medinaceli retweeted
No sé como hay mujeres que su prioridad en la vida es casarse y hacer una familia.
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