Nunca me interesaron los finales felices.
Me interesa sentir, aunque sentir me desmienta, me desarme o me obligue a mirar de frente mis propias contradicciones.
No he venido a esta vida a salir ilesa, sino a evitar que, de tanto sobrevivir, termine incapaz de sentir.
Prefiero al escritor que enloquece por una sola musa y hace de ella su manicomio, aunque jamás encuentre la salida. Lo demás es turismo literario, una musa por escrito, todas convertidas en excepcionales por la misma pluma. La eternidad sale barata cuando se reparte entre tantas.




















