Me pregunto si soy el que mira
o el abismo que me devuelve la mirada,
y en esa duda infinita
me reconozco al fin,
no como respuesta,
sino como la pregunta misma
que nunca termina de caer.
Aquí la piel no se entrega: se desgasta, se vuelve manto, grieta y sepultura, y en el último estertor de este naufragio, cuando la carne es solo un eco sin nombre, el silencio se sienta a esperar la ceniza.
No hay luz que salve este amor maldito, somos dos cuerpos condenados a quemarse en la negrura, arrastrados por una marea de devoción y espanto, hasta que la tierra marchita cubra nuestros nombres.




