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No le des calabazas a un poeta
porque le darás la oportunidad de
disfrutar del mayor placer, aparte del de
vivir,
el de convertir los pensamientos en
livianos fardos
y soterrados efluvios,
los devaneos alborozados en soliloquios
taciturnos
✏️ F. Barreto
📸🕊️
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El otoño es una flor que a veces me nace en el regazo. Me pierdo entre robles de bronce y nieblas que me limpian la mirada y dejo que me adelante el mundo con sus prisas.
«Otoño» viene del latín. Auctus (aumento) + Annus (año): “plenitud del año".
El que no comprende no retoña.
El niño dibujó una puerta en la pared. Los adultos dijeron que era solo un dibujo. El niño la abrió despacio y entró sin mirar atrás. Los adultos, llenos de conocimiento sobre puertas imposibles, se quedaron fuera. Siguen esperando que alguien les explique qué pasó.
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Hay poetas que se leen.
Y hay otros que se aprenden
como se aprende el camino de casa:
de pie, con barro,
sin mapa.
#miguelhernandez
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"Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida".
Miguel Hernández
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Ayer cruzaron Lindus 54.151 grullas. Leo la cifra y trato de escucharla: tantas alas, tanto otoño en movimiento.
Y yo, que algunos días apenas sé por dónde seguir, encuentro esperanza en que ellas sigan encontrando sus caminos en el cielo.
Click: Grullas, por René Weenink
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"Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.
Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.
Con tres heridas yo:
la de la vida,
la de la muerte,
la del amor".
Miguel Hernández, 116 años de poesía y memoria.
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Hubo un instante,
entre el alba y sus labios
dónde el sol lo convertía todo en oro…
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El alba, siempre hambrienta,
se bebe el añil de la noche, y la lejanía, se entinta de luz sonora.
Mana entonces el día, hasta empaparlo todo…
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Para ti
que nunca exististe
en mis labios
aunque mis labios
no cesan de besarte;
para ti, esta flor
viva, no arrancada,
que he sembrado en un verso…
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En 1927, Juan Rulfo tenía diez años y estaba interno en un orfanato de Guadalajara cuando murió su madre. No lo dejaron ir al entierro.
Cuatro años antes, en junio de 1923, a su padre lo habían matado por la espalda en el sur de Jalisco, por una disputa de ganado que se metía en sus tierras. El niño tenía seis años.
La familia se refugió en casa de la abuela, en San Gabriel. Cuando la persecución religiosa cerró el colegio y la parroquia, el cura dejó su biblioteca a cargo de la abuela, y Juan se pasó los días leyendo todo lo que había allí.
Después lo mandaron con su hermano Severiano al Instituto Luis Silva, un orfanato que él recordaba como una especie de correccional. El 27 de noviembre de 1927 murió su madre, y ninguno de los dos hermanos pudo despedirse de ella. Con diez años, Juan ya era huérfano de padre y madre.
De aquellos años habló pocas veces, y siempre con la misma amargura: «Lo único que aprendí fue a deprimirme».
Años después trabajó en oficinas de migración, vendió neumáticos y se hizo fotógrafo. Y en 1955 publicó Pedro Páramo, la historia de un hijo que va a Comala a buscar a un padre que nunca conoció y se encuentra un pueblo lleno de voces de muertos.
Un libro corto que hoy se lee en medio mundo.
A mí lo que más me conmueve es que el niño al que nadie le explicó por qué se había quedado solo escribió el libro que mejor habla con los muertos.
En estos días de ofrendas, Rulfo dejó la suya escrita.
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Si me muero, que me muera con la cabeza muy alta. Muerto y veinte veces muerto, la boca contra la grama, tendré apretados los dientes y decidida la barba.
Cantando espero a la muerte, que hay ruiseñores que cantan encima de los fusiles y en medio de las batallas
Miguel Hernández
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El 12 de septiembre de 1939, en la cárcel madrileña de la calle Torrijos, un preso de 28 años escribió una carta a su mujer con un lápiz azul. Ella le había contado que en casa solo tenían pan y cebolla para comer, y que con eso estaba criando al hijo de ambos, de ocho meses. Él no podía mandarles dinero ni comida, así que les mandó un poema. Se llamaba Miguel Hernández, y hoy se cumplen 116 años de su nacimiento.
Había nacido en Orihuela el 30 de octubre de 1910 y de niño fue cabrero. Durante la guerra luchó en el bando republicano y en ella perdió a su primer hijo, Manuel Ramón, que murió en octubre de 1938 con apenas diez meses. El 4 de enero de 1939 nació el segundo, Manuel Miguel. Pocos meses después terminó la guerra y él empezó a pasar de cárcel en cárcel.
En aquella carta a Josefina Manresa escribió: «El olor de la cebolla que comes me llega hasta aquí, y mi niño se sentirá indignado de mamar y sacar zumo de cebolla en vez de leche. Para que lo consueles, te mando esas coplillas que le he hecho». Esas coplillas son las Nanas de la cebolla, donde el niño está «en la cuna del hambre» y el padre le pide que se ría, porque su risa le hace libre y «cárcel me arranca».
Ese mismo mes salió en libertad sin juicio, pero al volver a Orihuela lo delataron. En 1940 lo condenaron a muerte, la pena se le conmutó por 30 años y pasó por las prisiones de Palencia, Ocaña y Alicante. Allí enfermó de tuberculosis y murió el 28 de marzo de 1942, con 31 años.
Lo que más me gusta es que aquel niño que comía pan y cebolla creció con su nana, y que años después Serrat la convirtió en una canción que todavía hoy se canta a los dos lados del Atlántico.
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4 poemas de Apuntes para un incendio de los ojos, de Gabriel Ventura zendalibros.com/4-poemas-de-…
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Ayer hizo ocho años, el otoño se vistió de invierno en Irati. Delante, los #caballos marcaban el compás. Dentro, sonaba blues. Y yo, feliz de no poder ir más deprisa.
No sabía que la prisa se derrite al calor del blues. Y que a menudo la vida te detiene para que mires mejor.

























