Carlos Fiorani retweeted
Buenos días.
En un posteo anterior intenté explicar por qué la Argentina necesita abrir su economía, integrarse al mundo y especializarse en las actividades en las que tiene ventajas comparativas.
Lo terminé con una pregunta que me parece fundamental.
Si nuestras mayores oportunidades, al menos en el corto plazo, están en sectores como la minería, la energía y buena parte del agro, que utilizan mucho capital y relativamente poca mano de obra, ¿podemos construir una economía próspera, capaz de generar buenos empleos e ingresos para todos los argentinos?
La experiencia internacional sugiere que sí, pero para entender cómo, tenemos que detenernos en un concepto bastante controvertido en la discusión económica argentina: el derrame.
La idea es que el crecimiento de determinadas actividades puede generar beneficios que se extienden al resto de la economía. Esto, sin embargo, no ocurre por arte de magia. Hay mecanismos concretos que permiten que esos beneficios se propaguen.
El primero son los encadenamientos productivos.
Pensemos en una explotación minera. Puede emplear relativamente pocos trabajadores en la extracción, pero necesita equipos, transporte, energía, construcción, mantenimiento, ingeniería y una variedad de servicios profesionales.
Y las empresas que le proveen esos bienes y servicios, a su vez, necesitan trabajadores, instalaciones y proveedores.
La actividad económica que genera una inversión puede ser mucho mayor que la que observamos directamente en el sector que la realiza.
En Noruega, la industria petrolera dio lugar a una extensa red de empresas de ingeniería, tecnología, equipamiento y servicios que hoy compiten internacionalmente. Algo parecido ocurrió con la minería en Australia y Chile.
Y tampoco hace falta ir tan lejos.
Según estimaciones de la Fundación Agropecuaria para el Desarrollo de Argentina (FADA), las cadenas agroindustriales argentinas involucraron alrededor de 4,3 millones de puestos de trabajo en 2025, equivalentes al 23% del empleo privado. Solamente el 34% correspondía a la producción primaria. El resto se distribuía entre la industria, el comercio, el transporte, la logística y los servicios asociados.
Son empleos vinculados a esas cadenas, no una estimación de cuántos puestos adicionales se crearían si aumentara su producción. Pero las cifras muestran que la actividad económica vinculada al agro va mucho más allá del trabajo en el campo.
El segundo mecanismo es el efecto sobre los ingresos y el consumo.
Cuando crece una actividad exportadora, genera salarios, ganancias, rentas e ingresos fiscales. Parte de esos recursos se destina a viviendas, restaurantes, comercio, salud, educación, turismo y muchos otros bienes y servicios.
Esa mayor demanda puede impulsar nuevas inversiones y empleos, incluso en actividades que no tienen ninguna relación directa con las exportaciones.
La enorme mayoría de los noruegos no trabaja en el petróleo, ni la de los australianos en la minería. Sus economías generan ingresos que sostienen una actividad mucho más amplia y diversificada.
El tercer mecanismo es el aumento de la productividad y los salarios reales.
Las nuevas inversiones pueden incorporar tecnologías, conocimientos y formas de organización que aumenten el valor producido por trabajador. También pueden elevar la demanda de determinadas habilidades y estimular su desarrollo en otras actividades.
Todo esto crea condiciones para mejorar los salarios reales, aunque naturalmente los beneficios no se distribuyen de manera uniforme.
Y, como expliqué en mi posteo anterior, el comercio internacional puede reforzar ese aumento del bienestar al permitir que esos ingresos compren más y mejores bienes y servicios.
Ahora bien, hay dos cuestiones que conviene tener presentes.
La primera es que estos procesos llevan tiempo.
Noruega descubrió petróleo a finales de los años sesenta y comenzó a producirlo en 1971. Pero la formación de una industria nacional de proveedores, empresas de ingeniería y capacidades tecnológicas propias llevó décadas.
En Chile, la expansión minera de los años noventa fue seguida por iniciativas para desarrollar proveedores especializados. En 2008, BHP puso en marcha un programa de proveedores de clase mundial, al que posteriormente se sumó Codelco, para vincular los desafíos tecnológicos de las mineras con las capacidades de las empresas locales.
La experiencia australiana, por su parte, muestra que incluso una expansión minera que aumenta significativamente el ingreso nacional puede tener efectos muy diferentes entre sectores y regiones.
En las primeras etapas de una expansión minera o energética, buena parte de los equipos y servicios especializados puede provenir del exterior. Con el tiempo, las empresas locales pueden desarrollar las capacidades necesarias para competir por esos contratos e incluso convertirse en exportadoras.
Entonces, los beneficios pueden ser muy importantes, pero no son inmediatos ni llegan a todos al mismo tiempo.
La segunda cuestión es que la magnitud y la velocidad de esos efectos dependen, en buena medida, de lo que hagamos.
¿Cómo podemos reforzarlos y acelerarlos?
Para empezar, invirtiendo en educación y capacitación, especialmente en las habilidades técnicas y profesionales que necesitan los sectores con mayor potencial de crecimiento. Y vinculando más estrechamente a las universidades y los institutos técnicos con las empresas.
También podemos promover el desarrollo de proveedores, facilitando que las empresas locales conozcan las necesidades de las grandes inversiones, incorporen tecnologías, obtengan certificaciones y puedan competir por contratos.
No se trata de obligar a las empresas a comprar localmente a cualquier precio, recreando las distorsiones que queremos dejar atrás. Se trata de desarrollar proveedores nacionales capaces de competir por calidad, productividad y costos, tanto en la Argentina como en el exterior.
Y hacen falta infraestructura, financiamiento, reglas previsibles y condiciones que faciliten la movilidad de los trabajadores entre actividades y regiones.
Porque para que surjan nuevos polos productivos no alcanza con construir minas, pozos petroleros o plantas industriales. También hacen falta viviendas, escuelas, hospitales, conectividad y ciudades donde las familias quieran establecerse.
El crecimiento de estas actividades puede abrir oportunidades extraordinarias. Pero aprovecharlas requiere desarrollar capacidades que hoy, en muchos casos, todavía no tenemos.
Y esto me lleva a una última reflexión, que considero especialmente importante.
La expansión de nuestras actividades exportadoras podría contribuir a corregir uno de los grandes desequilibrios históricos de la Argentina: la concentración de población, actividad económica y poder político en Buenos Aires.
Llevamos más de dos siglos debatiendo cómo construir un país verdaderamente federal. Sin embargo, buena parte de nuestra población, de nuestras empresas y de los centros de decisión sigue concentrada en el Área Metropolitana de Buenos Aires.
Cerca de un tercio de los argentinos vive en esa región, con las consecuencias que conocemos: congestión, largos tiempos de traslado, presión sobre la infraestructura, problemas habitacionales y otras deseconomías de aglomeración.
Mientras tanto, muchas ciudades del interior tienen dificultades para generar las oportunidades que les permitan retener a sus jóvenes y atraer nuevas familias.
Pero pensemos dónde están localizadas buena parte de nuestras mayores oportunidades de crecimiento actuales.
El petróleo y el gas en Neuquén y la Patagonia. El litio en el noroeste. El cobre en Cuyo y el norte. La agroindustria en el centro y el litoral. La pesca, el turismo y numerosas actividades vinculadas a nuestros recursos naturales en distintas regiones del país.
Por primera vez en mucho tiempo, tenemos la posibilidad de que una parte importante del crecimiento económico se origine fuera del AMBA.
No se trata de quitarle prosperidad a Buenos Aires, ni de pretender que todos los servicios y actividades se instalen junto a cada explotación minera o energética. Mucho menos, de instituir mecanismos de “compre provincial.” Se trata de que más ciudades y regiones puedan crecer, generar buenos empleos y convertirse en centros de actividad económica y de decisión.
Una Argentina más productiva y abierta al mundo podría ser también una Argentina menos concentrada, con una distribución más equilibrada de la población, las oportunidades y, eventualmente, el poder económico y político.
Y así llegamos al final de esta serie de reflexiones.
Empezamos preguntándonos por qué una parte del bienestar que los argentinos disfrutamos durante muchos años no era sostenible.
Después analizamos cómo podemos aumentar nuestro ingreso por habitante, financiar las inversiones y aprovechar nuestras ventajas comparativas.
Hoy intenté explicar cómo ese crecimiento puede extender sus beneficios al resto de la economía y contribuir, además, a construir un país más federal.
El objetivo no es recuperar un bienestar financiado con deuda, inflación o consumo de patrimonio. Es construir uno que podamos sostener, basado en una economía cada vez más productiva, capaz de generar salarios reales crecientes y mejores oportunidades para todos.
No hay garantías de que lo consigamos. Pero tampoco estamos condenados a vivir permanentemente con menos.
Tenemos una enorme oportunidad de construir una Argentina más próspera, más productiva y más federal. Depende de nosotros crear las condiciones para aprovecharla.
¡Hasta la vista, baby!
P. S.: Para quienes disfrutaron de esta serie y quieran seguir leyendo y aprendiendo sobre economía y mercados, les recuerdo que hoy, 31 de octubre, es el último día para suscribirse a Parte Diario y Contrapunto con un 50% de descuento.
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Inequality Is Not the Problem.
Much of the research on the economics of inequality stumbles on this simple ethical point, focusing on measures of relative inequality such as the Gini coefficient rather than on measures of the absolute welfare of the poor, on inequality rather than poverty, having elided the two.
Speaking of the legal philosopher Ronald Dworkin’s egalitarianism, Frankfurt observed that Dworkin in fact, and ethically, “cares principally about the [absolute] value of people’s lives, but he mistakenly represents himself as caring principally about the relative magnitudes of their economic assets.”
Dworkin and the left commonly miss the ethical point, which is the liberal, Joshua Monk one of lifting up the poor.
By redistribution? By equality in diamond bracelets? By codes for buildings or unions for trades?
No: by the dramatic increase in the size of the pie, which has historically brought the poor to 90 or 95 percent of “enough,” as against the small percent of enough attainable by redistribution without enlarging the pie.
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Lo que hacen Duffard, Pagni y otros es una aplicación de lo que se llama en inglés “concern trolling”: instalar una idea inmoral o ridícula no defendiéndola directamente sino planteándose (supuestas) «dudas» o «preocupaciones» que suenan atendibles. – at Rosario, Argentina
Propongo un criterio para las jugadas dudosas del fútbol moderno: ante la duda, el árbitro debería elegir la decisión menos dañosa para el partido y para quienes lo juegan. Suena obvio, pero ayer en Portugal-Croacia se aplicó exactamente el criterio contrario.
La segunda jugada es todavía más interesante. Si el árbitro convalidaba el gol, lo peor que sucedía era que ambos equipos iban al alargue con las mismas chances, y el partido seguía abierto. Anularlo era sentenciar el resultado a favor de Portugal, que fue exactamente lo que pasó
Si a Cabo Verde no le pudieron ganar ni España, ni Uruguay ¿con que criterio se sostiene que es un cruce fácil para Argentina?
El gobierno argentino envió al Congreso un proyecto de reforma de la Ley de Sociedades Comerciales. Yuval Harari publicó una nota cuestionándolo en el Financial Times. Sus reparos son, en su mayoría, los mismos que se plantearon ante cada innovación disruptiva de la historia.
El miedo al futuro genera que siempre se tienda a regular para la excepción. Si la conducta dañina fuera la generalidad, prácticamente nos habríamos extinguido. Seguir regulando así limita profundamente lo que es la norma: la conducta cooperadora y mutuamente beneficiosa. No tiene porqué ser distinto en las relaciones entre humanos e IA.







